martes, 27 de julio de 2010

Cómo medir la pobreza en México



Una mujer carga a su hijo envuelto en una bandera cosida con la imagen de un santo que eleva su mano al cielo en una actitud de bendición. Alrededor del niño y la mujer, cientos de personas se apiñan como un embudo en la entrada de la iglesia de san Hipólito, en el centro del Distrito Federal. Todos llevan escapularios, camisetas, llaveros y esculturas de madera o cerámica con la imagen de ese hombre barbado, apoyado en un báculo y una oveja a sus pies al que llaman San Judas Tadeo, el apóstol de las causas imposibles o desesperadas.
Los días 25 de cada mes, las calles aledañas y el pórtico de la iglesia se convierten en un mercado informal invadido por los gritos de los comerciantes: “¡San Juditas, San Juditas, a 20, llévate a San Juditas por 20!” No es ningún jugador de fútbol ni una estrella de cine, pero esta figura bíblica sería un fichaje estrella para cualquier empresa que piense en ingresos rápidos por derechos de imagen.
Cuenta el historiador Antonio Velasco Piña que el santo empezó a ser venerado en los años 20 del siglo pasado en una capilla montada por una comunidad latina en Chicago. Allí empezó todo. Esa comunidad regresó algún día a México y la devoción por San Judas se extendió por todos los estratos de la sociedad, sobre todo por las comunidades pobres. Las chozas de madera en la montaña, los cubículos de las ciudades y las casas de cartón bajo los puentes, quedaron vestidas con la imagen del santo. Los pobres se armaron de fe y, ésta, tenía unas señas de identidad: la de los olvidados. Policías y ladrones se dan hoy la mano frente al altar de san Hipólito, sabiendo que a la salida los unos se pondrán uniformes y los otros una media en la cabeza. Pero delante de San Judas, todos somos desamparados.
¿Por qué él? Es un misterio.
El inicio de las imágenes más adoradas en México suele explicarse con leyendas. Ahí está la Virgen de Guadalupe, símbolo patrio y adoración del pueblo mexicano, creyente o ateo, unaa imagen de rasgos indígenas que se apareció a un niño llamado Juan Diego en lo alto del cerro Tepeyac. También la Santa Muerte, un dios venerado por mayas, zapotecos y aztecas, al que hoy le otorgan poderes en el amor o la salud, pero que la Iglesia , como hace quinientos años, sigue condenando por diabólico. O qué tal con Malverde, una leyenda cercana a la figura de Robin Hood que, dicen, es objeto de adoración por algunos de los narcos más siniestros de México.
Decía el sacerdote de San Hipólito que los libros de peticiones que hay en la iglesia son un barómetro perfecto de la situación laboral y emocional en México, mejor que cualquier estudio de las decenas de comisiones estatales que abogan por los derechos humanos en este país. Y no le falta razón. En el 2008 se firmaron hasta 3000 libros repletos de nombres y peticiones a San Judas Tadeo: ahora un milagro por un padre enfermo, luego un poquito de dinero para alimentar a mis cinco hijos, que un perdón por haber robado,… La situación de México, según el barómetro de San Hipólito, está jodida. Pero san Juditas puede con todo eso, y más.
¿Por qué los 25 de cada mes? Es un misterio.
El metro se llena de gente pintada y vestida con la imagen de San Judas y llama la atención la cantidad de jóvenes que hay entre ellos. Adolescentes de 13 o 14 años que acuden en pandilla al llamado del altar. La devoción en México se aprende desde la cuna, sobre todo cuando se trata de imágenes que habitan en el cielo, uno de los pocos lugares donde cincuenta millones de personas en situación de pobreza, pueden viajar con esperanza.

martes, 20 de julio de 2010

Entre las rejas

Las cárceles suelen ser el reflejo de la sociedad. Algunas son más violentas que otras, gobierna el dinero o el cuchillo, hay hacendados y plebe. En México los reclusorios son criaderos de delincuentes, asesinos, narcos organizados, y curiosamente, entre ellos, ni un político. La violencia y la corrupción que se vive en muchas ciudades y pueblos del país siguen su curso entre las rejas, con la misma barbarie, con la misma impunidad.
Aquí el extracto de un joven de 24 años que entrevisté después de pasar cuatro meses en el Reclusorio Norte de la Ciudad de México, o RENO, como lo llaman quienes han vivido esa pesadilla.
Alan es un pandillero del DF que fue detenido cuando salía de trabajar de un table-dance. Servía copas a los clientes y fue arrestado por la policía cuando salía del garito. Se encendía un cigarro cuando le sorprendieron acusándole de robo a una mujer que tenía en frente de sus narices y que jamás había visto. Alan reconoce haber vivido días de violencia como pandillero, cruces de navaja y balas, pero asegura, jura y promete por lo más sagrado, que nunca robó ni, mucho menos, tocó a esa mujer.
Alan es una víctima más de lo que está sucediendo en las ciudades de México. Jóvenes sin oportunidades de trabajo, educados en escuelas de vicio, abandonados a su suerte por un gobierno que derrocha el dinero en campañas electorales y sueldos desorbitantes a miles de funcionarios que sólo van a la oficina para calentar el asiento.
A pesar de haber vivido situaciones dramáticas en su vida, Alan llora tímidamente en un momento de la entrevista. Tiene miedo, dice que duerme como un feto en la cama, como si estuviera todavía metido en ese cubículo sin luz. Entonces abre los ojos y ve que ya está en casa, en una habitación junto a sus padres. Alan es un chico de la calle, marcado por el estigma de la violencia, que cualquier día puede engrosar la lista de sicarios que trabajan para el narco y, al menos, aunque sepa que morirá en menos de dos años, podrá vivirlos como esos que dirigen el destino del país.
“Se me hicieron eternos los cuatro meses. Al principio fumaba droga y no quería saber nada de lo que había fuera. Me despertaba, fumaba y me volvía a dormir. Teníamos que acomodarnos 25 personas en una celda, había cábalas (chicos) que se colgaban, amarrábamos cobijas y se dormían arriba, otros en el suelo… Podría haber como cinco colgados y diez o doce en el suelo,… No te puedes mover en toda la noche, si no, ya te andas pegando con el otro.
A mí me golpearon como mes y medio. Me golpeaban todas las noches. Las jefas (nombre que les dan a los líderes que manejan la droga y suministros en la cárcel) suelen pertenecer a cárteles como los Zetas o la Familia Michoacana. Muchos tienen escolta y desde ahí manejan todo. Tienen chicas que meten la droga y ni siquiera las cachean al entrar. La policía lo sabe pero ellos cobran buenas mordidas (dinero) por hacer la vista gorda. Cuando estaba allí se fugaron unos narcotraficantes pesadotes. Los veías mugrosos, barbones, como si no fueran nadie… Secuestraron al hijo del custodio de la cárcel y ellos salieron por la puerta grande. Ahora sí que salieron con un sello (irónicamente, en referencia a al sello que ponen en el acta del recluso cuando queda en libertad).
Me impactó lo que puedes llegar a ver. Cábolas que se corbatean (suicidan) porque no aguantan la presión. Si no tienes dinero o quieres que no te hagan nada, las jefas le dicen al cábola que quieren tener sexo con su mamá, su esposa o su hija cuando vayan a visitarles…
A diario había dos o tres muertos. Los atraviesan con fierros. De repente pasas por una celda y ves las sábanas blancas cubriéndoles… Hay gente que no puede aguantar la presión y acuchilla en la noche a quien el día anterior le estaba amenazando. No cualquiera aguanta la presión ahí dentro. Si te piden 60.000 pesos y te dicen que si no los das te van a matar… ¿qué haces? ¿Hablar con los policías que están comprados por ellos? Si denuncias, el policía le dice al compañero ¡llévatelo y dale una madriza por puto! Son experiencias que no se la desearía ni a mi peor enemigo. El recordarlo da miedo.
Había cábolas de 21 años que se drogaban y te decían: quiero matar. Les drogan para que lo que hagan, para que maten dentro de la cárcel. Ahí dentro también quieren el control de la droga porque se mueve mucho dinero, es como una ciudad. Hay gente que vive mejor ahí dentro que a fuera por todo lo puedes conseguir. El nivel de adicción es tan grande que si bajas la calidad de la droga te metes en un pedo.
Vi muchos Zetas pero ni siquiera se conocen entre ellos, es sólo el puro negocio. No hay compañerismo o afinidad entre ellos. Conocí a uno de los zetas, traía una zeta enorme en la espalda. Ese cábola me platicó cuántos muertos bajó, cuántos muertos acomodó. “ A mí lo que me sobra es dinero”, decía. Mataron a sus padres, a sus hermanos… Ya están solos en la vida, ya no les importa nada. Tenía como 26 años.
Todo lo que existe fuera allí dentro lo hay: pizza, camarones, hamburguesas, tacos de guisados, gorditas, incluso una hamburguesería que llaman Mc Reno (Reclusorio Norte).Hay gente que viene de prisiones de máxima seguridad en Estados Unidos y aquí no hace nada, se lo comen. Hoy todavía no puedo dormir bien. Pienso que estoy allí metido y veo la sangre, todo ese mundo…”.

sábado, 22 de mayo de 2010

La visión



Sangran las encías de los corceles,
Se quiebran los dientes como vidrio
Masticando el recuerdo en la quietud.

Desde la montura a la doma, todo les duele.
Se vuelcan sobre el horizonte con la mirada,
y se pintan en el iris desatando bridas.
Primero trotan, mirando hacia atrás
Un minuto, sólo, y galopan.

Abandonan los grilletes del pasado
Y en las huellas, su zapateo gitano,
Estático.

Atraviesan llanuras, montañas y lagos
Volviéndose siluetas de la noche, anónimas, por fin.
La luna platea sus crines, las hace marea indómita
Y ellos relinchan.

Clavan en el cielo un eco salvaje
Que regresa como tacto arrastrándose por el cristal
Cuando se ven debajo de sus bridas,
La montura y la doma
Y su grito golpea en el vientre, el hielo en los ojos,
El sueño revuelto en el pajar.





miércoles, 19 de mayo de 2010

Vive cada día como si fuera el último

Llevaba una luna de 72 horas a la espalda, el pelo recogido en puños de escarcha y sus ojos grises de tanto asfalto.
Llevaba kilómetros de pensamientos y un “lo siento” en la mente después de aquel portazo.
“No vuelvas nunca más” le dijo ella, convencida de que el teléfono sonaría en un par de horas; ella escucharía y de nuevo el ciclo de besos, palabras y diferencias…
Pero él no llamó. Nunca más lo haría.
 Las luces de la noche eran destellos verdes, rojos, azules, blancos,… La ciudad se desfiguraba a medida que su arrepentimiento crecía. En cualquier otro momento no hubiera dudado ni un segundo, no hubiera quebrado su sueño más de unas horas pensando en su cabello negro, en su pequeña boca desvergonzada cuando se trataba de sonreir, en sus manos dibujando sobre el cuerpo lo que las palabras no podían… No. Ante ella el tiempo era breve y él nunca llegaba tarde. Pero ahora era distinto.
El parque le recibió con lluvia. El cielo empezó a platear en el horizonte mientras las gotas de agua rasgaban el polvo de su cara. Un hombre de barba blanca acuartelado en una botella de vino se acercó y le deseó suerte. Él no pestañeó, no dijo nada. Sólo pensaba en los próximos diez minutos, en el siguiente autobús.
Arrancó de su mente los tres días de insomnio y corrió hacia la calle 30. Lo había pensado, lo había triturado, le había dado mil vueltas… “Tengo que ir, debo verla”, dijo, azotándose las piernas con un hilo de fuerza. Bajó del autobús, no recordaba si lleno o vacío, y caminó despacio. No miró al frente y llegó allí como si fueran las coordenadas de su propio barrio; como si una vez más, tocara el timbre del portal y sonara la voz de ella, rota, metalizada por el telefonillo.. “¿quién es?”
Cerró los ojos y habló: “Lo siento, perdóname. Nunca quise decirte eso… sabes que eres todo para mí, que esta vez no sólo deseo… esta vez te aseguro que será la última en que tu y yo dudamos de ser pareja. Llevo tres días sin pegar ojo, he recorrido todas las calles y rincones por las que alguna vez paseamos… Las he recorrido sólo para recordar, una vez más, que esas calles no son sin ti. Perdona mi necedad, mi mal humor, los momentos en que deseché tus caricias, mi despecho… Perdóname… nos queda tanto por vivir…”
La brisa del alba había congelado su cara. Sonaron diez segundos de silencio y sintió la soledad más cerca que nunca. Abrió como podía unos ojos que nadaban en sal y leyó: “María Lemos 1978-2010. Tu familia siempre estará contigo. Descansa en paz”.
Le dolía pensar que ya nunca podría arrancar de su mente el minuto de desolación que le inundó cuando le dieron la noticia: “… un accidente de tráfico”. Le mataba pensar que jamás podría levantar la tormenta volcada sobre su corazón al recordar aquel momento, cuando ella se quedó de pie, temblando a su espalda, y él, en lugar de un te amo, dejó un portazo de despedida.

viernes, 14 de mayo de 2010

Tan lejos de Dios, tan cerca de Estados Unidos


El Partido Revolucionario Institucional (PRI) gobernó México durante 70 años. Una dictadura perfectamente orquestada bajo el disfraz de una democracia activa. Entre sus logros, meter a un país con las más extremas desigualdades sociales (y una balanza descaradamente a favor de los pobres), en las fauces de Goliat. La firma del Tratado de Libre Comercio (TLC) hizo público y sin complejos lo que venía sucediendo en México desde su Independencia. Que su único vecino en el norte, Estados Unidos, tenía por derecho la libertad de joder a los de abajo. Esta vez, el culpable también tenía un nombre: Carlos Salinas de Gortari.
El capitalismo es un lenguaje  cifrado entre esa docena de empresas que gobiernan el mundo, pero aunque no se entienda nada, cada vez que uno de ellos abre la boca (no importa que sea Lawrence Summers o Robert Barro empachándose a números desde su despacho, o los dueños de McDonalds y Wall Mart engominándose el pelo con el sudor de los demás), todo el mundo sabe que sus bolsillos van a reventar de dólares y que en las ciudades van a crecer más chabolas.
Por eso gritó el Ejército de Liberación Nacional (EZLN) en México: “Heyyyyyyyyy!!! estamos aquí, estamos muy abajo pero estamos. De qué vamos a ser un país poderoso… ¡Nuestra gente se muere de hambre! No terminen de vendernos… no así. Hasta aquí hemos llegado”. Se pusieron el pasamontañas para que les miraran de una vez por todas, dieron esperanzas a un pueblo que clamaba justicia y después, ya se sabe lo que pasó. De nuevo a la selva y de nuevo la indiferencia. El TLC sello el destino de México, una vez más.
En el año 2000 llegó la transición, y el Partido Acción Nacional (PAN) ocupaba el poder por primera vez en la historia del país. Su hombre: Vicente Fox. Sé sabe que paseaba mucho con botas de cowboy por los ranchos de Texas; se sabe que nunca cumplió los acuerdos pactados con el EZLN; se recuerda aquel “comes y te vas” que, vía telefónica, le espetó a Fidel Castro para que no le diera la serenata a Mr. Bush con motivo de una cumbre de mecenas políticos; se sabe que en su legislatura, el Chapo Guzmán, principal capo del cartel de Sinaloa, se escapó de la cárcel más segura (y corrupta) de México por la puerta grande; se sabe que su política social proclamó el analfabetismo y, en definitiva, se sabe que todo siguió igual. Bueno, no todo.
La transición trajo un cambio fundamental. El centralismo que el PRI había mantenido durante 70 años equivalía a un presidente endiosado y una prole de empresas y subalternos a su vera. Algunos lamiéndole las botas, otros extendiendo la mano para no perder “la amistad”. Lo que decía el presidente iba a misa y todo el país (en la esfera política) obedecía. El presidencialismo desapareció con la llegada de Vicente Fox. El poder se fue descentralizando paulatinamente a favor de los estados (32 en todo México), que adquirieron una capacidad de acción inaudita. Los gobernadores estatales son hoy caciques con la autoridad, de hecho, y la seguridad, de fe, para hacer y deshacer a su antojo el destino de los ciudadanos.
No importa que sea en Veracruz, Oaxaca, Tamaulipas o Sonora. Todos se sienten dueños y señores de esas parcelas de miles de kilómetros y miles de hombres. Lo que más llama la atención es que, aunque la presidencia esté ocupada por un hombre del PAN, Felipe Calderón (de visita estos días por España), la mayor parte de los estados están gobernados por el PRI. Esto significa mucho. Significa que la capacidad de operar de la dictadura prrista no ha sido mermada, sino que se ha dispersado, a la espera de alzarse de nuevo con el botín del gobierno federal, algo que parece probable que suceda en las próximas elecciones.
Pero lo más importante. Se habla mucho de la política fallida de Calderón ante el narcotráfico. Cuando subió al poder, dio un puñetazo sobre la mesa y declaró la guerra a una de las estructuras más consolidadas, mafiosas y armadas del mundo. Sacó al ejército a la calle sin contar con que en las filas de las fuerzas de seguridad impera la corrupción, sin contar con que los carteles han activado sus operativos y ya han dejado más de 20.000 muertos en tres años, sin contar que su vecino del norte no ha dejado de vender armas por doquier, de consumir droga a mansalva y de ignorar completamente el destino de México (la política racista de la ley Arizona es sólo un ejemplo, muy pequeño, de lo que opinan algunos estadounidenses de los que tienen la piel morena).
Y a pesar de que todos tenemos que ver a soldados cubiertos con pasamontañas y armados hasta los dientes paseando en furgones por la calles, y tenemos que leer cada día que se han asesinado a diez o doce personas, o tenemos que ir con la cabeza agachada porque no se sabe dónde está el enemigo,.. A pesar de todo, el gesto de Calderón no deja de ser valiente. Equivocado, pero valiente.
Toda la crítica se ha volcado sobre él, pero nadie, o muy pocos (no en voz alta) han mencionado la corrupción de los gobernadores. La droga se mueve por rutas muy definidas y si uno se fija muy por encima, todos los puertos por donde entra la droga están bajo la jurisdicción del PRI; todos los estados del norte de México, menos Baja California, están gobernados por el PRI; todos los estados del sur, donde predominan las plantaciones de marihuana, están gobernados por el PRI; todos los gobernadores de esos estados saben qué carteles operan en su zona, quienes son sus hombres y qué bien les viene los miles de dólares con que les empapelan mensualmente. Pero de esto, muy pocos hablan, quizá porque sea más fácil apuntar con el dedo a una sola persona. Quizá porque una crítica lanzada en el barrio, te puede costar la vida.
La droga pasa por territorio de muchos gobernadores, pero su destino final es Estados Unidos. No contaban con ello al firmar el TLC pero, sin duda, algo bueno debe tener para la economía estadounidense el trasiego de capos por la frontera.

martes, 4 de mayo de 2010

Viaje en la noche

Ixtepec (Oaxaca), sur de México. 
Amanece y nadie en el albergue ha avisado de su llegada. Transporta mercancías, hombres y sueños. Le llaman “La Bestia” y hoy viene cargado con trescientos migrantes, trescientas sombras que se extienden por el techo de los vagones, iluminadas por los primeros rayos del alba. Son sólo un puñado de hombres en comparación con los miles de centroamericanos que cada mes se juegan el pellejo por alcanzar “el sueño americano” subidos a esta mole de hierro. Algunos, muy pocos, lo consiguen.
Durante dos o tres semanas, quizá un mes, los emigrantes lanzan una moneda al aire y dejan su vida en manos del destino, literalmente. La pesadilla pueda durar años.
Después de un largo viaje en autobús a través de Centroamérica y de cruzar sobre neumáticos las aguas del Tecún Umán en Guatemala, las sombras llegan a Tapachula, en la frontera sur de México. Para esquivar los puestos de migración, el indocumentado camina por un extenso campo fuera de todo control policial conocido como “la arrocera”. Allí no le espera la piedad por el caminante sediento con los pies destrozados de heridas. No, todo lo contrario. Allí arde el infierno. 
Asaltos, violaciones, extorsión,... El emigrante empieza a comprender lo que significa la vida en territorio de nadie. Y a pesar de recibir palizas o de ser violadas por hombres con aliento a pulque que hacen cola ante la víctima, ellos continúan caminando, quizá por fe, o porque esto no es peor que su vida en Honduras, o en El Salvador, donde sólo les espera una larga agonía de treinta años viendo cómo sus hijos pasan hambre y ellos se queman el corazón pensando que no son nada; caminan horas y horas con la amenaza suspirándole al oído, pero siguen mirando al frente porque atrás sólo han dejado una tierra de nadie, otras más. Su tierra.
Llegan a la estación de  Arriaga, algunos robados, otros con la dignidad rajada y, los que tienen suerte, sólo cansados. Pero no hay tiempo de buscar consuelo. Primero porque no lo hay, segundo porque hay que saltar al tren, a La Bestia. Migración dejó de hacer operativos de vigilancia porque la gente se subía a la locomotora en movimiento y los raíles se llenaban de piernas mutiladas. El tren también parece divertirse con el destino de los desamparados. Muchos se atan al techo del vagón con cinturones para no caerse si se quedan dormidos durante la larga noche de viaje por las cumbres de la sierra oaxaqueña. Muchos no son los que dicen ser, y detrás del disfraz de migrante hay una organización criminal conocida como Los Zetas, ese grupo de narcotraficantes que utilizan la droga como cortina de humo y se dedican a secuestrar, violar y matar. También hay maras. También policías. Todos quieren sacar su parte de esas sombras itinerantes.
Carmen tiene 16 años y salió de El Salvador con su tío harta de pasar hambre en el campo. Cruzó en autobús Guatemala y llegó hasta la frontera con México; subió al tren, pero un grupo de policías federales, dice, trataron de extorsionarle. Ella y otros ocho  compañeros de viaje salieron corriendo y caminaron por las vías del tren durante horas. Dos hombres con pistola y machetes se acercaron a ellos. A los hombres los tumbaron en el suelo y les quitaron todo. A ella la violaron sin piedad.
Daniela tiene 19 años y fue secuestrada por los Zetas. Delante de ella mataron a dos compañeros emigrantes porque pestañearon más de la cuenta, o porque a alguno de esos descerebrados le gusta lamerse los labios cuando ve la sangre que brota del indefenso. Daniela pasó tres meses llorando en la oscuridad, sabiendo que nadie iba a buscarla; su familia se estaba matando para conseguir el dinero que habían pedido los secuestradores a cambio de la liberación, y al gobierno mexicano no le importaba absolutamente nada el destino de una mujer hondureña. Una más.
Seguirán con sus sueños en la mochila, pasarán zigzagueando dos semanas subidos encima de los trenes, viendo la caída del sol entre compañeros de viaje y abrazándose a la idea de un futuro digno, escapando de migración y la presión continua de la muerte; llegarán hasta el desierto de Arizona para tratar de cruzar la frontera donde les esperará el dedo acusador del tío Sam, su indiferencia, su deshumanizada sonrisa.

jueves, 22 de abril de 2010

Desde algún cerrito del sureste mexicano

Ocho de la mañana. Lunes en algún día de febrero bajo un cielo gris. La noche se hizo larga sin la libertad del sueño, oscurecida entre las cuatro paredes. Me fumé pensamientos y un silencio que alarga las horas. Tras doce horas de avión, de nuevo en México.
Pocas cosas han cambiado de su viejo uniforme. Las mismas taquerías, los mismos valles cubiertos de plátano y cañaverales; calor, humedad, vida,… todas las razones para pisar la calle. Hace cuatro años que dije adiós a las paredes de la redacción del periódico, sujetando una maleta llena de artículos  y el corazón tocado por un amor mexicano que sólo se cura con caballitos de tequila si se amarga, o entregando la vida si se endulza. Y se ha endulzado tanto que ya es eterno.
Hay mucha tinta seca de todo aquello, parte de un recuerdo que se minimiza con los años y las nuevas experiencias. Dicen que si regresas encontrarás polvo y silencio en el lugar donde antes había luz, como esos columpios oxidados que tanta ilusión despertaron siendo un niño. Puede ser. Pero lejos de dejar que el pasado sea un intruso en este nuevo amanecer, sigo navegando por los pueblos con una atención depredadora…  Y lo sé porque las injusticias me siguen haciendo temblar de ira, porque sigo sonriendo cuando el viejo campesino toca su sombrero para saludarme, porque el chile pica más que nunca, porque al caminar siento que los pies ya no son tan ligeros pero el corazón sigue en su sitio: en el centro de la cabeza.
Hace cuatro años llegó alguien. Hoy, bajo la misma apariencia, llegó otro. La tierra y yo, todo ha cambiado. Desde el amor, renovado cada día en sus mil formas geográficas, a mi mirada, más indómita y escurridiza que nunca. El mundo de afuera también ha madurado, o se ha hecho más irresponsable, no lo sé. Marcos ha escondido su revolución entre la selva y hay un pánico general por la letra “Z”. El narco está enviudando almas y la confianza de la gente; lo decía un compañero: “los mexicanos, de plano, hemos dejado de reír”. Los migrantes siguen su camino a la muerte y el poderoso haciéndose más fuerte; que Carlos Slim sea el hombre más rico del mundo no deja de resultar paradójico en un país con cincuenta millones de pobres. Una frase que no he dejado de escuchar lo dice todo: “esto está cabrón guey”. Algo en México huele a podrido.
Pero este país también es el arte del olvido, de la cerveza y la cantina, las rancheras y el tequila. Por muy fuertes que sean las adversidades siempre hay un hueco para echarse un taco o agarrar un autobús a alguna frontera. Aunque la risa se haya quebrado, ¡¡esto es México chingao!!