viernes, 22 de abril de 2011

Corazón blanco


El Real Madrid es el equipo con un mayor número de fieles dentro y fuera de España, dicen las estadísticas. Viendo el trasiego de hinchas culés al otro lado del Atlántico pongo en duda, una vez más, la arbitrariedad de los números. El marketing barcelonista funciona a la perfección y el madridismo parece haberse quedado en una moda ochentera. Por las Américas se ve más afición al equipo catalán que a cualquier otra escuadra del fútbol europeo, no cabe duda. Esta imagen, por otra parte, me deja indiferente, y es que tengo muy claro que lo que abunda es el mal gusto. 

Digo esto porque vivir un clásico en bares de México repletos de camisetas blaugranas es una auténtica aventura. Es como entrar en territorio enemigo cuando sólo esperabas algo neutral, ese espacio donde importa un pimiento todo lo que pase más allá de veinte kilómetros a la redonda. Pero el fútbol no tiene fronteras y la rivalidad Barsa-Madrid se ha exportado con la misma efectividad que la Coca-Cola o una hamburguesa del Mc Donald´s (no soy yo, pensad en un producto globalizado y la mente siempre viaja a Estados Unidos). Un Barsa-Madrid en cualquier lugar del mundo es como una invitación a un espectáculo con destellos de circo romano, es poco menos que ver televisado el desenlace de una guerra sin sangre con una sola palabra en las trincheras: venganza. Más allá del espectáculo que pueda levantar el fútbol desarrollado por ambos equipos, circula en el subconsciente ese espíritu circense de dos gladiadores que se han jurado odio eterno. Y toda lucha, hace florecer el carácter dionisíaco anunciado por Nietzsche cuando el hombre deja de ser un hombre con máscara. Y lo único que puede hacer Dionisos en un bar del siglo XXI es tomar cerveza y vino mientras contempla la batalla.

En ese coliseo nos encontrábamos Isham y yo (su fuente dionisíaca son los refrescos de manzana y el escudo del Madrid en el pecho). Cualquiera se hubiera empequeñecido rodeado de tantos barcelonistas con acento mexicano, pero Isham, una mente de alquimista metida en un cuerpo de seis años, clavaba su mirada en Cristiano Ronaldo para gritar sin complejos cada vez que su ídolo creaba una ocasión de gol. En su descarada pequeñez se encontraba su grandeza, esquivando los gritos de la afición culé con la entereza de un quiromántico que lee en cada pase el desenlace del partido. Es como si desde el primer minuto supiera que la victoria iba a ser para su equipo. Fuimos escalando esperanzas según pasaban los minutos, con el corazón en las manos, en la garganta, en los ojos. Llegó el gol de Ronaldo y la Copa del Madrid. Isham saltaba y saltaba frente a los rostros circunspectos de quien cree tener ganada la partida de antemano. Saltaba y la imagen del Madrid se hacía más joven, más nueva, más blanca.

Isham me preguntaba si el tío Paco o el tío Mario estarían en la Cibeles celebrando la victoria. Le digo que lo imagine, que es en esos pensamientos donde se disfruta más la victoria: sabiendo que los tuyos son felices. Salimos del bar, orgullosos, alejando los nervios con suspiros y la mente puesta en la siguiente batalla. No quiero explicarle por qué no me gusta el Barcelona cuando él, en su sano juicio, me dice que juegan muy bien. No le hablo del sabor triste de una España rota, de un nacionalismo de barrio que se alimenta de banderas y una profunda indiferencia hacia lo no catalán. Demasiado pequeño para pedirle que queme las naves de su mundo ideal. Prefiero que siga viajando en un barco sin bandera, y que observe con tanta vehemencia el horizonte como lo hace cuando juega el Madrid. Su Madrid.

jueves, 14 de abril de 2011

Poema 1



Deshielo en la noche
Soy niño en tu rostro cada mañana,
niño que dibuja sombras de aire con sus dedos.
Busco un color para tu sueño y acerco mi boca, a tu boca.
Viajo sin zapatos por tu noche
ensayando un eclipse de labios y voces.
Y me abrazo a ti, en un anhelo caprichoso
por ser piel en tu deshielo.
Te toco como se toca el fuego por no quemarte,
y con la luna rota de tantos ojos,
me vuelco sobre tu pecho
dejando que el aire dibuje sombras
sobre mis sueños.

lunes, 11 de abril de 2011

Nadies

Carga una vieja báscula en la mochila, mide poco más de un metro, tiene 8 años y se llama José Luis. Esas son sus pertenencias. Esa es su vida. Temprano en la mañana, José Luis se sienta en algún banco de la calle más turística de la ciudad, saca su báscula de la mochila y espera a que algún extranjero acceda a pesarse, por caridad. La báscula parece un reloj sin cuerda y rara vez llega alguien que se anime a mover la aguja. José Luis es sólo un niño con sandalias rotas, así que se cansa rápido de esperar al turista y busca a Emiliano, otro chamaco que, quienes le conocen, dicen que lleva un lustro presentándose como un niño de once años. No es que Emiliano se niegue a dar el paso a la adolescencia sin haber vivido una infancia digna (algo que sería muy comprensible), sencillamente, no tiene ni idea de cuándo nació. Los años pasan y su cumpleaños nunca llega.

Emiliano persigue turistas con un canasto de mimbre cargado de pequeñas figuras de barro con forma de animales. El turista prefiere un recuerdo de arcilla a que los peatones le vean en la acera subido a una báscula, así que Emiliano saca su jornal con más facilidad que José Luis. Los dos son buenos amigos, de esos que se forjan a base de recorrer las calles día y noche. También se llevan con otros chicos de la plaza que venden cigarros y dulces en una caja de madera colgada al cuello. La caja parece un acordeón con compartimentos en vez de teclas. 

Los llaman cigarreros o ‘canguros’, por eso de que cargan “su vida” a la altura del vientre. “Su vida” no les da muchas ganancias, quizá 2 o 3 euros diarios porque no son dueños ni de la caja, ni de los dulces. Un “patrón” les alquila el kit por la mañana y en la noche los chicos rinden cuentas. Cerca de ellos, más niños de sandalias rotas sacan brillo a las botas de hombres serios que ojean periódicos mientras el joven hace chirriar el paño contra el cuero de sus zapatos. 

Al mediodía José Luis camina solo por la carretera para llegar a un supermercado, ponerse una camisa azul, colocarse en una de las cajas y empezar a meter alimentos en bolsas. A pesar de tener 8 años, José Luis sabe que en la calle rige la ley del más fuerte, y como él no lo es, recurre a la del más espabilado. Si le das unos cacahuetes y le dices que le ofrezca a Emiliano, se queda detrás de él sin abrir la boca. Espera a que estés despistado y te dice que Emiliano no quiere cacahuetes; los mete en la mochila junto a la báscula y listo. Le ofreces agua y le dices que de un poco a sus compañeros. Se la bebe y contesta: “Nadie quiere”. Lo hace con tanta franqueza que sólo puedes reir. 

Emiliano también sonríe pero a veces su boca se deslava. Es una máscara veneciana que cambia de la comedia al drama según lleguen los recuerdos a su cabeza. Sus padres no le dejaban ir a la escuela porque entienden que el trabajo empieza cuando uno aprende a caminar. Y Emiliano camina desde hace años, con la mirada comiéndose el asfalto como si el horizonte no fuera a ofrecer más que desgracias. Lo dijo Galeano: no tienen cabeza, sino brazos; no hacen arte, sino artesanía; no practican cultura sino folclore; no tienen nombre, sino número. Son los hijos de la calle cristobalense, otros nadie. Esas son sus pertenecías. Esa es su vida.


jueves, 7 de abril de 2011

Cuando el poeta llora

El poeta mexicano, Javier Sicilia
 
El poeta se revuelca, nada, se sumerge, respira, vive y muere en su voz. Es la palabra hacia adentro, el dedo que araña el polvo de los sentidos. Me he cansado de escuchar que la poesía es un arte marginal, palabras escritas para otros locos que también aprecian la poesía. Errantes, dicen, que todavía hoy declaran la guerra a la razón. Es posible que la pluma de Coleridge o Rimbaud tengan más de filosofía que de sociología, pero cuando se trata de agitar conciencias, el poeta no sólo desempolva las telarañas del alma, también puede convertirse en un caballo de batalla en la arena política y social. Lo hizo Miguel Hernández en las trincheras republicanas, recordándoles a los soldados a qué huele la tierra donde nacieron, a qué sabe la libertad y el sentido de un verso junto a una bala. Lo hizo Pablo Neruda, autor de una lírica tan “dañina” que Pinochet ordenó que cada una de sus palabras ardiera en el infierno. Lo hicieron otros tantos y lo hace hoy Javier Sicilia, un poeta mexicano herido por la muerte de su hijo, un joven veinteañero torturado y asesinado junto a otros seis compañeros en Cuernavaca, la “ciudad de la eterna primavera”, la ciudad que, 36.000 muertos y 5 años después, vive un invierno sombrío.
De esta ciudad emergió Javier con una puñalada en el corazón: “El mundo ya no es digno de la palabra. No puedo escribir más poesía. La poesía ya no existe en mí”, declaraba poco después de conocer la noticia. La muerte de su hijo ha reventado la intimidad de su voz. Ha muerto su poesía y con ella el alma de millones de mexicanos, los mismos que se despiertan cada día con titulares ensangrentados y militares armados en las esquinas, hartos de ser nadie en las estadísticas necrológicas de un gobierno incapaz de garantizar la seguridad e impartir justicia. Su poesía ha muerto, pero ha nacido un león que desgarra también con la palabra. El poeta enarbola estos días lo que no ha logrado nadie en un país que tiembla al escuchar la palabra “narco”. Un país que ha visto llover cifras que hablan de 14.000 huérfanos en la guerra contra el narcotráfico, cientos de migrantes secuestrados, decenas de bebés ametrallados. El miedo se traduce en silencio, pero Javier Sicilia ha sacado a miles de personas a la calle con una consigna: “Estamos cansados, muy dolidos. Cada muchacho que se está muriendo se está volviendo el hijo de cada uno de los seres de esta nación. El corazón de México está podrido por la violencia criminal”. El asfalto vuelve a agitarse en el país. Lo hace de la mano de un poeta, esos seres errantes a lo que muy pocos escuchan, hasta que muere su poesía en el infierno de las balas.

martes, 5 de abril de 2011

Fronteras

Principios de abril de 2011, sur de México, siguiendo la frontera con Guatemala.
El camino desde Comitán, la última ciudad a la vista, es sinuoso y pesado. Viajo en una destartalada camioneta cargada con bultos de alimentos, mochilas ligeras de ropa y una docena de pasajeros a mi lado. Atrás ha quedado la estación, el tumulto de mujeres vendiendo comida y el griterío de los conductores anunciando destinos donde nadie suele ir. 

Llevo seis horas de viaje desde que salí de San Cristóbal. Voy bordeando, sin verlas, las maravillas de la selva de Montes Azules. A la derecha sigue la espesura que los guatemaltecos llaman El Petén, una hermosa jungla que en los años 60 y 70 se tiñó con la sangre de guerrilleros y campesinos aniquilados por el ejército. Desde la ventanilla alcanzo a distinguir las aguas turquesas de los ríos que confluyen en el Lacantún, otro brazo de agua oculto entre las cañadas. Hay grandes ceibas y árboles que se elevan como pértigas hacia el cielo; cerros verticales, montañas tapizadas de verde… Arrinconado en un asiento de la camioneta, paso las horas en silencio, concentrado en los paisajes que dejo atrás como una secuencia de fotografías a la deriva. Mi libreta sigue en el bolsillo, sólo naufrago. 

Me bajo en Santa Rita. Al borde de la carretera hay una escuela sin niños y un puñado de casas construidas con láminas de madera. El calor es sofocante, húmedo, tropical. Una gran parte de la selva ha sido devastada por ganaderos y campesinos. Algunas zonas parecen un campo de batalla, donde el brazo del hombre ha dejado troncos mutilados y esparcidos por el suelo humeante. Cuentan los mayas que cuando un hombre nace, en alguna montaña nace también un nahual. Los nahuales son el cordón umbilical que nos une a la tierra. Seres espirituales con forma de jaguar, pájaro, venado… Hombre y animal conforman un solo ser. Si uno es herido, el otro también. Lo cuentan los mayas. Nadie escucha.

Cae la noche. Aquí no hay lugares donde cobren por dormir. Me hospedo en casa de Eufemia, una mujer campesina de cuerpo robusto y tostado como una prolongación de la tierra. Otra mujer cocina en un comal de leña mientras varios niños corretean por el salón. Hay tres hamacas colgadas de pared a pared y una televisión frente a ellas. Las hormigas pepenan los restos de comida y los perros famélicos se adormecen bajo la luna. La habitación esta iluminada por una bombilla de luz opaca. Fuera sólo se distingue el tapiz de la noche. Me ducho con agua almacenada en tambos y a los pocos segundos de secarme vuelvo a estar mojado de sudor. Fumo un cigarro al borde de la carretera. Sólo se oyen insectos, melodías de la noche. Camino por la carretera pero apenas alcanzo a ver más de tres metros frente a mí. Me siento cansado.

Eufemia me habla de su familia, de cómo fueron despojados de sus tierras en los años 70. Para compensarles el gobierno les dio un terreno en la selva. Y nada de quejarse. Recuerdo Las uvas de la ira de John Steinbeck, pienso que hay demasiadas personas en el mundo que todavía caminan buscando la tierra prometida. Pienso en Eufemia de niña, viajando con sus padres a un lugar desconocido, a una tierra hostil que nunca será suya. Mañana pueden volver a expulsarles. Como ellos hay cientos de personas viviendo en la frontera. Unos y otros tienen un pasado en común: son desheredados. Las familias levantaron y fundaron comunidades donde antes sólo había vegetación. Llegaron refugiados guatemaltecos, campesinos de Guerrero, Michoacán, Oaxaca… Llegó también el narco y la amenaza. Selva y frontera: tierra sin ley.

Me duermo en una hamaca, con un libro en las manos, con un sueño pesado. Por unos instantes, me parece que el mundo descansa en paz. No sé exactamente en qué punto de la frontera estoy. Pienso que no tiene importancia y que, en el fondo, me da lo mismo. Estoy tranquilo, sin tierra, al lado de una carretera.

domingo, 6 de febrero de 2011

El obispo de los pobres

Una anciana susurra frente al rostro sin vida de ‘Tatic’ Samuel. Envuelta en un manto gris, besa el vidrio que le separa del semblante pálido del obispo; cierra los ojos, susurra de nuevo, se persigna, se va. Detrás de ella cientos de mujeres y hombres hacen fila esperando llegar hasta el féretro con los restos del que fue su guía espiritual durante 40 años. Bajan de las montañas, de lejanas comunidades tzotziles, tojolabales, choles, zoques… Caminan kilómetros como en su día el obispo emérito de San Cristóbal de las Casas recorrió esas montañas para decirles que no estaban solos. Su muerte, dicen los indígenas, no ha apagado su nombre.
“Yo era pequeño pero recuerdo que ‘Tatic’ Samuel nos enseñó a hacer la señal de la cruz; recuerdo los primeros bautizos y sus primeras oraciones. Nos ayudó a recuperar nuestra dignidad” Vestido con calzón de manta, huaraches y sombrero de caña, Mariano, 52 años, recuerda al obispo antes de arrodillarse frente a un altar improvisado con velas y pétalos de rosa esparcidos por el suelo. Algunos ancianos lloran a su lado, lágrimas rocosas de hombres que aprendieron desde niños que el llanto no vale para nada. Los cantos litúrgicos reverberan por los muros de la iglesia de San Cristóbal mientras un sacerdote recuerda desde el altar la llegada de Samuel Ruíz a la Diócesis en 1960: “entró por esa puerta con una cola principesca y acabó caminando por selvas, montañas y lodo”. 


Formado en la Universidad Gregoriana de Roma, el prelado, de entonces 35 años, se encontró con una realidad que traspasó los muros de una doctrina adquirida en las aulas. “Llegué a Chiapas con la idea de convertir a los indios pero fueron ellos quienes me convirtieron a mí”, decía Ruíz a sus allegados. Samuel empezó a caminar con una cruz de plata en el pecho. Llegó a los rincones más olvidados de la Selva Lacandona y los Altos de Chiapas, donde encontró pueblos desesperanzados y con las páginas de su historia quemadas durante siglos. En poco tiempo el obispo cambió la cruz de plata por una de madera y llevó la experiencia de su Diócesis hasta el Concilio Vaticano II, celebrado en 1965. La Iglesia católica corroboró su empeño evangelizador por tierras latinoamericanas y asumió la necesidad de hacerlo respetando la idiosincrasia de los pueblos indígenas, algo que Samuel Ruíz ya había empezado a poner en práctica entre los indígenas de Chiapas.
El obispo nacido en Irapuato (Guanajuato), aprendió las lenguas mayas y dio al indígena la oportunidad de desarrollar su propia reflexión sobre la fe. La catequesis del Éxodo se convirtió en su modelo de evangelización, comparando al pueblo judío que huyó de Egipto en busca de la Tierra Prometida con los indígenas que fueron expulsados de la región de los Altos para instalarse en la Selva Lacandona. “Tatic Samuel: te fuiste. Aquí quedamos tus hijos… seguiremos caminando por la paz”. Los mensajes se repiten por los carteles colocados en las fachadas del santuario católico cristobalense, y las coronas de flores blancas que van llegando desde las comunidades e instituciones civiles para despedir al “obispo de los pobres”. Tenía 86 años.
En el patio del templo de San Nicolás se ha instalado un comedor durante los dos días de funerales. Una larga fila de indígenas espera su turno para recibir el desayuno. La carencia agudiza el ingenio. La fila se extiende hasta la calle, donde se van sumando vendedores ambulantes y niños de 11 años que venden cigarros y a los que nunca les llega una noticia, a no ser que sea el reparto de comida gratis. Los pobres de Samuel Ruíz siguen extendiéndose por pueblos y ciudades.
…..
Algunos de los sacerdotes y diáconos presentes durante los funerales visten sotanas bordadas con motivos indígenas. Bailan danzas tzeltales en un momento de la ceremonia. Muchos nos preguntamos si hubiera sido posible esa escena si Samuel Ruíz no hubiera pasado por la Diócesis. Los pastores hablan de él como “profeta”, “obispo de los marginados” y “apóstol de los pobres”. Los indígenas guardan silencio.
Para la ceremonia convocada a las 7 de la tarde llegan más mestizos y “coletos” (originarios de san Cristóbal), los mismos que en su día censuraron al obispo por agitador y hoy le rinden un tímido homenaje. La iglesia está abarrotada con cientos de personas. El obispo de Saltillo, Raúl Vera, diseña un discurso más cercano a la tierra que al cielo: “la Iglesia está al servicio del mundo y no de sí misma”, afirma. Vera habla de los fariseos, de la conquista española y los errores del pasado: “cuando conocí Chichen Itzá me pregunté, ¿acaso en esa obra de arte no está Dios?”La palabra del obispo se enciende cada segundo y supura contra una Iglesia “con hombres que se creen superiores a los demás pecadores” por el hecho de subirse al altar. Habla de ese Samuel que recorrió las calles enseñando a la jerarquía eclesiástica lo que hay que hacer: “no se puede dejar para sí mismo lo que Cristo ha traído para el mundo”. Sus palabras incluyen metáforas bélicas en el momento más exaltado de su discurso: “‘Tatic’ creó un auténtico arsenal de evangelizadores indígenas”.
Durante la Conferencia Episcopal de Medellín (Colombia), celebrada en 1968, varios obispos de Latinoamérica definen “la opción preferencial por los pobres”, que impulsaría la teología de la liberación y de la que Samuel Ruíz fue uno de sus máximos exponentes en México. Con la oposición de los sectores más conservadores de la sociedad chiapaneca, el prelado empieza a nombrar diáconos indígenas permanentes a partir de la década de los 70. En sus 40 años como obispo de la Diócesis de San Cristóbal ordenó a más de 500 quinientos diáconos y ocho mil catequistas, un ejemplo democratizador de la Iglesia autóctona y una provocación para el Vaticano, que de la noche a la mañana veía a indígenas casados y con hijos impartiendo la comunión en ese rincón al sur de México.
Samuel Ruíz se abrazaba a la causa social de los pobres y agitaba la arena política. Ni el Gobierno mexicano ni el Vaticano aceptaron sus métodos, y en el caso de la corte pontificia, la de ninguno de los teólogos de la liberación que espoleaban al indígena latinoamericano para defender sus derechos, como Leónidas Proaño en Ecuador, autor de obras tan agitadoras como ‘Evangelio subversivo’, o la de Fernando Lugo, en Brasil. Las relaciones diplomáticas entre México y el Vaticano se restablecieron en 1992 y tomaron medidas para tratar de quitar de en medio a Samuel Ruíz. El entonces nuncio apostólico, Girolamo Prigione, fue el encargado de anunciar la propuesta de Juan Pablo II al obispo de Chiapas: renunciar o rectificar.
Samuel Ruíz escribió una carta pastoral que había hecho llegar al Papa durante una visita a México. En ella denunciaba la situación del indígena desde la conquista española, así como la corrupción, el abuso y el racismo de las autoridades mexicanas, que “hacen del indio un extranjero en su propio territorio”. Con el título de En esta hora de Gracia, Samuel Ruíz recordó lo que muchos políticos querían silenciar: “En las elecciones nos obligan a votar por el partido oficial: el PRI… El capitalismo necesita de las privatizaciones y del Tratado de Libre Comercio para seguir avanzando en beneficio de los más fuertes, de los más poderosos, abandonando a sus suerte a miles de campesinos y obreros”. El prelado aguantó la envestida del Gobierno y el Vaticano. Esperó hasta el 24 de noviembre de 1993, el día en que cientos de indígenas desfilaron por las calles de San Cristóbal en apoyo al ‘tatic’, que ofreció una misa de más de tres horas y salvó su puesto. Sólo unas semanas después, el 1 de enero de 1994, estalló la revuelta indígena del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN).
“México es hoy uno de los países más violentos. Vemos ahora las consecuencias de encerrarnos en nosotros mismos. Esa es la miseria que vivimos hoy en el mundo, sólo nos movemos por intereses de pequeños grupos. Reconozcamos nuestras resistencias a construir un mundo verdadero. ‘Tatic’ partió de los más insignificantes; los pobres le llevaron a iluminar el mundo”. La iglesia enmudece tras el discurso del obispo Vera. Algunos de los presentes tienen la conciencia intranquila. Los indígenas siguen guardando silencio con las cabezas cubiertas por mantos.
…..
Decenas de personas trepan por la base de la enorme cruz que se alza en mitad de la plaza principal de San Cristóbal. Son las doce del mediodía y la última misa antes de dar sepultura a Samuel Ruíz. La explanada está ocupada con miles de fieles. El nuncio apostólico Christophe Pierre dirige las exequias con su inconfundible acento francés. Representantes indígenas leen fragmentos bíblicos en lengua tzeltal, chol, tojolabal y zoque, con ese acento melancólico de las lenguas nativas que parece ahogarse en cada sílaba. También hay palabras en quiché para los guatemaltecos refugiados en México por la guerra civil que asoló el país centroamericano durante más de 30 años y para los que el obispo mexicano tuvo un trato especial. Llegan condolencias del Vaticano y del Episcopado Mexicano. Hoy no es el día para manchar la hoja de vida de don Samuel Ruíz, al menos no en público.
“Le han acusado de rojo, de comunista, y de lo único que es responsable es de haber devuelto la dignidad al indígena, de hacerle sujeto de la Historia”, clamaba un indígena desde el altar durante la ceremonia de la noche anterior. El alzamiento del EZLN en el 94 generó todo tipo de especulaciones en el gobierno de Salinas de Gortari, que buscaba desesperadamente poner rostro a los insurgentes. En uno más de sus muchos errores, los servicios de inteligencia mexicanos llegaron a colocar en la cúpula de la guerrilla a Samuel Ruíz, regalando argumentos “oficiales” a los detractores del obispo, dentro y fuera de la Iglesia. Lejos de participar en la gestación del aparato militar del EZLN, no cabe duda de que el prelado abrió las puertas para que el subcomandante Marcos germinara su proyecto guerrillero en regiones donde la Diócesis tenía una fuerte presencia. Atraído por la experiencia nicaragüense y la labor de una parte de la Iglesia al lado de los sandinistas, el obispo pudo pensar en algún momento en la opción armada como única salida a la situación del indígena.
Los procesos de paz en El Salvador y Guatemala volvieron a llenarle de contradicciones y, a través de SLOP (raíz, en tzeltal), la pequeña organización “de defensa” creada por la Diócesis, empezó a difundir entre las comunidades mensajes de desaprobación por el movimiento armado. Los destinos de Marcos y Samuel Ruíz, sin embargo, parecían estar unidos. El obispo acabó convirtiéndose en el mediador en los diálogos mantenidos entre el EZLN y el Gobierno, mientras se acercaba el fin de la hegemonía del obispo en la Diócesis de San Cristóbal, anunciada para el año 2000. Durante el proceso fue nombrado candidato al Nobel de la Paz y premiado por la UNESCO por su labor entre los indígenas de Chiapas. Lo político, social y religioso convergían en la mente de monseñor Samuel, a veces sobreponiéndose unas a otras. En una entrevista realizada en 1995 para el suplemento Enfoque del diario Reforma llegó a exclamar: “Me importa la liberación, la teología me vale un bledo”.
Una pantalla en el exterior de la iglesia retransmite los minutos en que Samuel Ruíz recibe sepultura en el altar mientras los presentes guardan un silencio conmovedor. “¡Queremos obispos al lado de los pobres!”, claman algunas voces. Con su presencia masiva en el sepelio, los indígenas dejan clara la labor social y religiosa del obispo en sus comunidades durante 40 años. Llegan desde las montañas para decir adiós a ‘tatic’, envueltos en mantos, con huaraches, largas trenzas y una tupida sombra en el presente: “Papá- mamá Dios te esperan. Recuérdales que la masacre de Acteal sigue impune”, leyó un portavoz de la sociedad civil Las Abejas en los últimos minutos de la despedida. Samuel Ruíz entendió desde el principio que su misión evangelizadora no podía desligarse de la lucha social, y con ella del conflicto político, a pesar del indígena.