viernes, 1 de enero de 2010

Llamamiento shuar al mundo


El planeta está sufriendo los primeros estragos de contaminación mundial, en este momento los ríos de la Amazonía se están secando por el calentamiento global y en las comunidades de las selvas hay mucha preocupación. Pedimos a todos los empresarios madereros, petroleros y mineros por favor paren de explotar y consumir innecesariamente.

Los jefes Shuar dicen que si se sigue contaminando y destruyendo nuestro mundo, la tierra se moverá y las fuerzas de la naturaleza se activaran y sería un caos para la humanidad. Entonces todo el dinero del mundo no será útil, los poderes de los gobiernos no tendrán valor; ese día la humanidad recién podrá entender… esperamos que eso no suceda ya que estamos a tiempo para cambiar el rumbo de las generaciones humanas.

Las culturas son diferentes en todo el mundo, hoy debemos educar con sabiduría para que todos podamos entendernos y respetarnos sin condición, así seremos más humanos y más hermanos.



Tzamarenda Naychapi

Una revolución obrera

Os mando un pequeñísimo reflejo del inconmensurable trabajo de mi niña. Ha liderado una revolución obrera que nadie de los que la han disfrutado olvidará. Muchas felicidades. Siempre te seguiré en la lucha… Asul

martes, 29 de diciembre de 2009

Migrantes


Celestina llora y le duele el estómago de tanta soledad. Nunca había imaginado sus sesenta años en un lienzo tan nublado. Parte de su cosecha se marchita como un eclipse de luna que quema sus ojos. Sólo un gato recién nacido se empeña en acariciarle el hombro mientras ella le devuelve arrumacos sordos, mudos, ciegos… pensando que es otro… Quizá alguno de sus tres hijos que vagan por España. Quizá un cuarto que hace vida, o infra-vida, en Colombia. Ella y su marido no saben nada de ellos, no les llega dinero, palabras, ceniza de un aliento. Celestina llora por ellos y porque en Navidad sus sobrinos no quisieron comer el arroz con pollo que preparó. “No les gustaba”, y otro disgusto que cargar en su cavernoso corazón.

La última noticia es que la policía cargó contra uno de sus hijos y se llevó toda su mercadería. “Creo que está ilegal”. Y solloza como si los golpes de la porra sangraran en su propio pecho. Llora porque le duele el estómago de tanta lenteja y maíz asado. Llora porque no tiene manos para el azadón.

En el suelo, tierra sin abono. En las paredes, calendarios húmedos con recuerdos de otros años, océanos atrás.

Jacobo y Erick tienen 12 y 8 años. La mirada de Jacobo es un teatro de silencio con un foco, una silla y un niño. Sus padres emigraron a España cuando Erik tenía un año y medio. Sólo han llegado sus voces, tan difíciles de atrapar como una ráfaga de brisa. Erik no quiere ir, no los extraña, no los conoce. Jacobo tiembla bajo un cielo que amenaza lluvia y una noche más entre las sábanas vacías.

Aunque sólo sea en el espectáculo pornográfico de la Navidad, miremos a los ojos al extranjero que vaga con el saco vacío por las calles de Madrid. Hay muchas vidas detrás.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Los niños de la calle

Unos niños se acercaron preguntándome para qué era mi libreta. No habían cerrado la interrogación y ya encontraron una gran utilidad: recordar que están vivos. Me hicieron escribir sus nombres y edades uno a uno: David, 8 años; Joselyn, 4 años; Katy, 6 años; Pepe, 5 años; el papá de David (que no estaba), 27 años…

No sé por qué razón los niños tienen una gran facilidad para callarme. Será que ellos ven a un viejo, y yo veo sabios.

Qué podemos decir frente a un zapato del tamaño de un llavero lleno de cicatrices, y las pieles en mate, como si el color de la pobreza eclipsara a un sol que lleva siempre visera. Queda decir “tenéis que estudiar mucho, tenéis que utilizar libretas…”, pero las palabras van descomponiéndose al tocar el aire como un vidrio de agua. Las ganas se rompen en el pecho. No hay mucho que hacer, salvo escuchar la razón de un niño.

Papá Noel llegó a casa de Joselyn hace un mes y le trajo una lavadora. No pueden utilizarla mucho porque su barrio, además de ser una página blanca en la guía telefónica, sufre constantes restricciones de luz por la sequía que otros terminan de beberse. “¿En tu casa también se va la luz?”, me pregunta. “Claro, en todas las casas se va la luz”. “Es Papá Noel que quiere que se apaguen las luces para que no veamos lo que nos va a traer”. Se sube los calcetines llenos de rotos y exclama “mira cuántos colores tienen…”. Miro la libreta y veo que tiene cuatro años.

A Katy le va a traer una muñeca y “otra muñeca para mi abuela”. A David, Papa Noel le ha prometido fruta, lo cual no está nada mal viendo las mangas de su camisa, que cuelgan de sus manos como si estuvieran derritiéndose. Lo que hay es lo que hay. Y generalmente hay camiones en el aire.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

De por qué hago esto...


Hace unas semanas, Doña Rosa, dueña de unas manos privilegiadas para la elaboración de pizzas, me preguntaba que por qué camino de un lugar a otro. Que qué bueno conocer tantos lugares. Le respondí que el viaje no significa necesariamente conocer, depende mucho de cómo y por qué se viaja. Un viaje puede cambiar la vida o ser una pérdida de tiempo. Quizá la mejor forma de saberlo sea haciendo una ecuación entre el tiempo que ha pasado desde que llegaste a casa y el tiempo que tardas en hacer de nuevo las maletas.

¿Por qué lo hago? Lo hago porque dudo. Al principio llevaba esta palabra en mi mente como una losa invisible a la espalda. Hoy me doy cuenta de que mis dudas son un síntoma positivo. Significa que empiezo a comprender, y lo más importante, significa que estoy vivo. Se trata de algo innato, enfermizo, y hasta cierto punto trágico. Siempre creo que mi destino está lejos del lugar donde me encuentro, que queda un mundo por conocer y, sobre todo, por escuchar. Me temo que la búsqueda no acabará nunca, aunque llegue el momento del último destino. Entonces miraré ese cartel y seguiré desgarrándome a preguntas.

Pero hay una razón más importante que no es tan biológica sino que se aprende por el camino. Me gusta vivir a través de los ojos de la gente, de su voz y sus sentimientos. Es algo hermoso. No me canso de escuchar historias, es como estar viviendo una larga novela con personajes, luchas y sentimientos reales. Yo sólo soy el narrador, una sombra que algún día se cuela en sus vidas y se despiden de ella como ese chico que, intuyen, “nunca volverá”.

Siempre me ha traído la idea de pensar que hay gente en algún lugar del mundo que te está esperando. Que de alguna forma cambias el ritmo de su rutina por unos instantes y ellos cambian tu vida para siempre. Ganas más de lo que das. Por eso escribo. Para darles voz. Para pagar la tremenda deuda que tengo con ellos, esa enseñanza que me ofrecen, y decirle al mundo de los que están arriba que los gritos de esta gente no va a ser silenciado, no mientras yo viva y me queden palabras por gastar.

Me admira cómo un joven puede sonreir con tanta sinceridad después de contar que a su hermano mellizo lo acribillaron a balazos pensando que era él. Despachar el pasado con una sonrisa es una fuerza por vivir tan grande que te traspasa las entrañas. Admiro la capacidad de supervivencia de tanta gente que no da su brazo a torcer, aunque hayan vivido una larga noche de sesenta años. Escribir sobre esta gente es lo mínimo que puedo hacer por ellos. Es parte de mi vida.

Hay muchas formas de viajar, no invento nada con estas palabras. Puedo decir con orgullo que no hago turismo ni me atrae en absoluto. Disfruto del arte, por ejemplo, cuando lo encuentro, casi siempre de una manera casual. No lo busco. La mayor parte del tiempo prefiero perderme por los lugares por los que nadie quiere ir, o no pretende encontrar nada. Es allí donde por lo general encuentro las mejores experiencias. En esos lugares hay personas deseando contar su historia, aunque permanezcan olvidadas como los deshechos de piedra de una iglesia barroca.

Doña rosa padece una profunda depresión desde hace años. Su marido la abandonó de un día a otro con tres hijos en plena infancia. Nunca ha podido superarlo. Era escritora y profesora de niños de cinco años. Dejó el mundo de la palabra porque el sentimiento volcado sobre el papel era tan fuerte que mermaba sus fuerzas. Su hijo mayor puso una pizzería para que no pasara tanto tiempo sola. Su figura es débil, la piel de su cara es una lámina de agua que llora sobre sus ojos y boca. Critica al gobierno con la conciencia segura de una persona que se ha labrado el futuro a golpes. Ella también quiere vivir a través de mi experiencia y, por qué no, quizá mañana vuelva a coger la pluma de ese rincón de polvo que permanece silenciada en su escritorio.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Ipiales, Colombia


Hay estigmas comunes entre las personas que habitan la frontera colombiana: seriedad en los rostros, miradas huidizas, silencio. Asqueados de sentir miedo, han optado por caer prisioneros en las celdas del alma, el único lugar seguro en una tierra amenazada por guerrilleros, paramilitares y ejército.

Es un secreto a voces que en las montañas de Nariño (un golpe de vista desde Ipiales), las FARC imponen ley y orden. Los cultivos de coca se cuentan por hectáreas. Si decides meterte allí, es bajo tu única responsabilidad. Campesinos y humildes trabajadores bajan de esas montañas con historias dramáticas cosidas al corazón. Son huidos, expulsados, desterrados por la suerte de las armas, y con suerte, refugiados políticos.

Roberto tiene 37 años, una mujer y dos hijos que todavía no han alcanzado una década de vida. La familia no se pierde de vista en todo el día. Piden dinero en los escasos semáforos de Ipiales. La pesadilla se lleva prolongando durante tres meses, y no se acabará hasta que llegue un papel que les acredite como refugiados. De momento sólo son desplazados con derecho a sobrevivir. Se alimentan en un comedor social, rodeados por más de doscientas bocas selladas que, de vez en cuando, escupen historias comunes. Historias de lamento y dolor.

Roberto llevaba una vida sencilla como chófer en un pueblo de Nariño. Conocía a los comandantes del campamento de las FARC que opera en la zona. Contaban con él para desplazarse de un lugar a otro, abastecerse de alimentos, o transportar droga para procesarla en Ecuador. Un día Roberto se negó a seguir siendo cómplice de lo ilegal. Y lo pagó caro. Miembros de la guerrilla quemaron su casa y le dieron 24 horas para marcharse.

Las muertes han dejado de ser noticia en Nariño. El sicariato es la máscara en la que se ocultan paramilitares e insurgentes para ajustar cuentas. Los primeros son puros mercenarios cuyo nombre se desdibujó cuando su núcleo duro fue disuelto hace una década. Han regresado y su objetivo no son los asesinatos “políticos”. Para los paramilitares, ahora las FARC son enemigos abonados al narcotráfico. Demasiado dinero para compartir. En el camino violan y matan a civiles que tienen el valor de mirarles a los ojos.

Los guerrilleros continúan con el reclutamiento de niños mientras mantienen amordazados a hombres que han permanecido encadenados hasta once años en la selva colombiana. Han recurrido a una guerra sucia e inhumana, acosados por un Gobierno cuya política se ha movido en el mismo terreno fangoso. El movimiento revolucionario más antiguo de los que sobreviven en Latinoamérica es una caricatura de los ideales que lo impulsaron. Hoy sus miembros pueden ser juzgados por crímenes contra la humanidad.

La gente de abajo no entiende de guerras políticas y continúa su lucha por comer día a día. Como en Colombia el gas es más caro, los ecuatorianos han creado senderos ocultos para transportar en mula dos o tres bombonas y venderlas en el país vecino. Una caminata de dos días para obtener cinco dólares. Como en Ecuador la gasolina es más barata, los coches colombianos hacen cola en las gasolineras para repostar. Cada día se decomisan productos de todo tipo. No muchos. La policía es tan corrupta que ya tiene establecidas tarifas de paso por carga y producto. Como el comerciante se queda jodido porque le han soplado 30 dólares por pasar tres cajas de leche, no duda en subir los precios para que el consumidor final se joda como él. Y así continúa la cadena del comercio ilegal. Todos jodidos, menos los policías, que además, son lo que cuentan con los salarios más altos.

Hay ancianas en Ipiales que pasean por la calle con una cabra. Las ordeñan cuando algún vecino les pide un vaso de leche que, se supone, tiene propiedades curativas. Sus estómagos están armados de paciencia y resignación. Las bacterias pasan desapercibidas como los grupos de guerrilleros que, vestidos de soldados o civiles, comen un plato de mariscos en los restaurantes de la zona.