domingo, 25 de marzo de 2012

Maromeros




Fue hace más de quinientos años. Funambulistas y trovadores procedentes de España desembarcaron en tierra azteca y se unieron a bufones de la corte de Moctezuma, “chocarreros”, como los llamó Bernal Díaz del Castillo en sus crónicas de la Nueva España. 

Juntos se adentraron por pueblos recónditos, empuñando malabares, disparando versos. En una época de látigo y sangre, los teatreros se esmeraron por llevar sonrisas a una civilización mutilada por la conquista.

Las compañías de teatro coloniales fueron desapareciendo, pero los indígenas aprendieron el oficio y se volcaron en una vida nómada. En la Mixteca, una árida y kilométrica región al sur de México, sobreviven los últimos trovadores. La literatura habla de ellos como “poetas campesinos”.  La historia los recordará como maromeros.






En su casa, rodeada de polvo y piedra, antes de que se enciendan las miles de estrellas que se asoman por el cielo mixteco, don Erasmo me cuenta una historia:

Pancho, Pancho González, era el mejor payaso que había aquí. Vino a trabajar por allí, por un pueblo. Allí se fue la luz… Unos con sus lámparas y otros con sus velas, buscando si no se había muerto. No había nada. ¿Y Pancho? estaba en medio de los palos (donde se hacen los malabares). Abajo tenía un palo y encima el otro. Todavía estaba con vida pero ya no se pudo. Así como estaba el pobrecito, con su vestidura, pintado y todo. Pero los doctores se empezaron a reír de él... Ahí se acabó ese payaso”.

Don Erasmo fue también maromero. Ha colgado los guantes con 78 años, pero de vez en  cuando saca fuerzas de flaqueza y recita algunos versos porque, esto del arte, dice, es como el que se come un pedazo de tortilla, “como que se emociona uno, señor”. 

Os dejo el tráiler de un documental sobre los últimos maromeros. Lo realicé con Isaac y una pequeña cámara de mano en un revelador viaje por la mixteca. Allí escuchamos a unos hombres que durante el día cosechan maíz y en las noches hacen malabares en un alambre de equilibrismo. Historias como la de Pancho González, que se despidió de la vida frente a la sonrisa burlona de los doctores. 



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viernes, 23 de septiembre de 2011

El camino de David

 Me encontré con David hace unos meses, cuando llegué hasta la costa de Oaxaca para conocer la situación de los migrantes centroamericanos que atraviesan México en su ruta hacia Estados Unidos. Cuento su historia ahora porque  a menudo, en conversaciones o en paseos solitarios, su imagen aparece como un recado que olvidé hacer,  como un nombre que se va sobreponiendo al pasado y al olvido. Quizá sea porque sus palabras me llenaron de vitalidad, quizá porque nunca escribí sobre él.

David llegó a la casa del migrante en Ixtepec después de un viaje de varias horas subido en el techo de un tren de mercancías. Venía acompañado de otros 300 migrantes, una escena que se repite a diario en el sur de México: cientos de centroamericanos alentados por la imagen de una frontera, de un  “sueño americano”. Por el camino hay albergues como el de Ixtepec, donde el migrante puede tomar un vaso de agua y un plato de sopa con la seguridad de que detrás no hay nadie que vaya a joderle la vida. Pero eso es otra historia.

Aquel día la imagen de los migrantes al bajar del tren era, ni más ni menos, que la de todos los días: caras agotadas, ropa sucia, historias de hambre, de secuestros, de violaciones… Reunid todas estas experiencias y ponedle vosotros mismos un rostro. No habrá nada de espantoso en él, sólo una mirada apagada, sólo un nudo en la garganta.

David me llamó la atención porque su aspecto era pulcro. Tenía el pelo corto, rizado y cuidadosamente peinado con gomina; vestía una camisa que parecía recién planchada, sus gestos eran exquisitamente nobles y desprendía un fuerte olor a perfume. Me pareció la imagen más irreal de un  migrante que camina cientos de kilómetros con una mochila de escuela a la espalda. Pero lo que más me llamó la atención de David fue su edad, 12 años, y su carta de presentación: “viajo solo”. Las estadísticas dicen que hay muchos niños cruzando desiertos fronterizos, pero sólo cuando los ves te haces una idea de lo que significa una travesía tan peligrosa para un cuerpo tan vulnerable. David viajaba con dos amigos que conoció en el trayecto, el más pequeño tenía diez años.

Con sus delicadas formas, David me contó que hacía teatro en la iglesia de su pueblo, allá por Honduras. La iglesia, decía, es pequeña y la mayoría de las personas se dedican a las labores de campo. Es raro encontrar un teatro por allí. Pero David salía de la escuela a diario ilusionado con disfrazarse y ponerse a actuar junto al altar de la iglesia. Alimentaba sus sueños viendo la única y destartalada televisión que había en su casa, donde pasaban telenovelas y alguna que otra película. Un día dijo a sus padres que se iba a México. ¿A dónde? “A México, voy a Televisa. Quiero ser actor”. David lo tenía claro. Había ahorrado algo de dinero trabajando en las tardes y con eso llegaría hasta las instalaciones del medio de comunicación más poderoso de México  para presentar su candidatura a estrella televisiva. En su mundo no suceden muchos milagros, pero quién sabe, no había mucho que perder y sus padres accedieron.

David hizo su mochila, en la que no faltaba el perfume y el peine, y se subió al autobús. Al llegar a Guatemala le robaron todo el dinero, todos sus ahorros. Lejos de echarse atrás y regresar a Honduras buscó a gente como él y, para su sorpresa, encontró a muchos. Los migrantes le hablaron de un tren. Allí podría viajar gratis hasta México D.F. y llegar a su destino. David no lo pensó dos veces: arriesgaría todo por un sueño. 
Cuando hablé con él David estaba tranquilo, no mostraba ningún síntoma de debilidad y no dejaba de repetir una misma frase: “quiero llegar a Televisa”.  Los adultos que viajaban con él le apadrinaron, supongo que incrédulos de ver a alguien tan pequeño cabalgando en una ilusión tan grande. En las noches encima del tren velaban su sueño para que no se cayera. Ellos trataban de convencerle para que siguiera a Estados Unidos, ya que estaba. En el país del tío Sam le darían papeles por ser menor de edad, lo tendría fácil. Pero a pesar de la tentación de los dólares David se negaba tajantemente, su destino era el DF y punto. Los compañeros, que sólo vislumbraban la frontera norte, tuvieron que cesar en su empeño, si cabe, todavía más incrédulos.

Cuando me despedí de David se me pasó por la cabeza decirle que no lo intentara, que cuando llegara a esa puerta iba a encontrar un agente de seguridad con dos dedos de frente, que jamás le dejarían pasar, que nunca accederían a escuchar su historia. No lo hice. No era yo el encargado de romper en pedazos la ilusión de un niño que recorrió varios países para hacer lo que quería. Nadie debería hacer eso.

Pienso a menudo en David y en la suerte que le habrá deparado la vida. No sé nada de él, ni de sus amigos, ni de tantos migrantes que pasan por aquí contando su historia. Sólo espero que estén en el camino de la felicidad. David tenía estrella, en realidad, todos los niños tienen una. Hay millones de ellas brillando a nuestro lado. Pero en este mundo jodido alguien decidió que todas debían apagarse con el paso de los años porque no hay sitio para tanta luz.  La fuerza de niños como David debería ser un ejemplo para todos los que queremos un mundo donde quepan muchos mundos. Esa es la gran lección de un niño que se sobrepone al olvido allí por donde pasa.